UN POLVO, DE 20 AÑOS DESPUÉS
Un encuentro fortuito, un recuerdo erótico y una tremenda cogida que me dejó con un sabor a leche en la boca.
El sol de la tarde de Buenos Aires me golpeaba la cara con una indiferencia casi insultante. Estaba sentada en una plaza de Retiro, intentando leer el guion de mi próxima película, pero mi mente estaba en otro lado, como casi siempre. La fama es una jodida paradoja: te da todo lo que creías querer, pero te roba el anonimato y, a veces, hasta el deseo. De repente, una voz me sacó de mi letargo.
—¿Gloria? ¿Gloria Parque?
Levanté la vista. Frente a mí, un tipo de cuarenta y tantos años, con una sonrisa tímida y unos ojos que me resultaban vagamente familiares. Me costó un segundo. El pelo más corto, el cuerpo de hombre donde antes hubo el de un adolescente. Pero era él.
—Juan… Juan Carlos. —Mi voz sonó más sorprendida de lo que esperaba.
Se sentó sin esperar a que lo invitara, y el mundo se redujo a nuestro encuentro. Nos miramos un instante, y en sus ojos vi el mismo destello de hace veinte años, allá en el baño de humo y hormigón del colegio nacional.
—No lo puedo creer —dijo él, rascándose la nuca—. Sigo viéndote igual, pero… más.
—Más vieja, querrás decir —reí, y por primera vez en días, la risa fue genuina.
—No, más… todo. Estás espectacular.
Y ahí fue. El recuerdo cayó como un rayo en seco. El baño de los chicos, el timbre a punto de sonar, el olor a desinfectante y a adolescencia. Yo, con mi uniforme ajustado, sintiéndome la mujer más atrevida del mundo. Él, con su cara de pánico y excitación. Nuestros labios encontrándose torpemente, sus manos temblando al tocar mis pezones por encima de la blusa, mi mano deslizándose bajo el pantalón de él para encontrar por primera vez una pija dura, caliente y palpitante. Recuerdo su gemido ahogado, mi propio pulso acelerado. Y luego, el pánico. El timbre. Nos separamos como dos delincuentes, con el sabor de lo inconcluso en la boca. Él era un novato total, y yo, a pesar de mis fantasías, una virgen aterrada. Nunca hablamos de eso de nuevo.
—¿Te acordás del baño? —solté yo, provocadora.
Se puso colorado como un tomate. No necesitó respuesta. Sus ojos lo dijeron todo. La vergüenza, el arrepentimiento, pero, sobre todo, el deseo. El mismo deseo que se había estado cocinando a fuego lento durante una tanto tiempo.
—Claro que me acuerdo —murmuró—. Fue la cosa más loca y excitante que me pasó en el colegio.
—Y no terminamos nada —continué, acercándome un poco más sobre la mesa, dejando que mi escote hiciera el resto del trabajo—. Quedó pendiente.
El silencio que siguió fue eléctrico. La tensión sexual era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Su mirada se clavó en mis labios, luego en mi pecho, y volvió a mis ojos. Ya no era el chico inseguro del secundario. Era un hombre, y en sus ojos ardía la decisión de reclamar lo que le debíamos al pasado.
—Hay un hotel alojamiento a dos cuadras —dijo con una voz ronca, llena de una seguridad que no tenía antes.
Asentí, sin decir una palabra. Pagamos a las apuradas y salimos a la calle. El trayecto fue un silencio cargado de expectación. No nos tomamos de las manos. No hizo falta. Sabíamos a dónde íbamos.
La habitación del hotel era todo lo que esperaba: oscura, con un aire denso y el olor a sexo ajeno y limpiador. La puerta se cerró con un chasquido seco y definitivo. Y entonces, ya no fuimos Gloria Parque, la actriz porno, y Juan Carlos, el ex compañero. Fuimos solo dos cuerpos hambrientos de resolver una deuda de veinte años.
Nos besamos. No como en el baño del colegio, con torpeza y miedo. Esta vez fue un beso de adultos. Un beso voraz, de dientes y lenguas que se peleaban por dominar. Sus manos ya no temblaban. Una se aferró a mi culo con fuerza, aplastándome contra él, y sentí su pija endurecerse contra mi vientre. La otra se deslizó por mi espalda, subiendo hasta la cremallera de mi vestido.
El vestido cayó a mis pies. Su aliento se cortó al verme en sujetador y tanga. Me empujó suavemente hacia la cama y yo caí de espaldas. Se arrodilló a mis pies y, con una lentitud tortuosa, me deslizó la tanga por los muslos. La tiró a un lado y se quedó contemplando mi concha. Ya no estaba afeitada como en la época de colegio; ahora la depilación definitiva le daba ese aspecto delicado que tanto le gusta a los tipos.
—Hace veinte años que sueño con esto —susurró antes de bajar la cabeza.
Y entonces, su lengua me encontró. No fue tímida. Fue experta, hambrienta. La pasó por mis labios, abriéndolos, y luego se concentró en mi clítoris, haciéndome círculos lentos que me pusieron los pelos de punta. Le agarré el pelo, apretando su cara contra mi concha mientras gemía. Metió un dedo, luego dos, y los curvó para masajear ese punto mágico que me hace ver las estrellas. Sentí cómo se acumulaba la presión, cómo mi cuerpo se tensaba como un resorte.
—No te pares, Juan, no pares… —gime—. Sí, así… dame la lengua, haceme coger la lengua…
Y exploté. Un orgasmo seco y potente que me sacudió desde adentro. Mi cuerpo se arqueó y mis piernas se cerraron alrededor de su cabeza, reteniéndolo allí mientras las olas de placer me recorrían.
Cuando se incorporó, sus labios brillaban con mis fluidos. Se desabrochó el cinturón y bajó el pantalón y el boxer de un tirón. Su pija saltó libre. Era hermosa. Más grande y gruesa de lo que mi imaginación recordaba, con la cabeza rosada y una vena gruesa que recorría el tallo. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y su peso.
—Mi turno —dije, y me arrodillé frente a él.
Miré sus ojos mientras abría la boca y lo engullía. Sentí su sabor a hombre, su textura en mi lengua. Me puse a chupársela como una golosa, de arriba abajo, jugando con sus huevos con una mano mientras con la otra me masturbaba. Él gemía, con las manos en mi cabeza, guiándome, empujando un poco más profundo cada vez. Lo tenía al borde. Lo sabía por su respiración entrecortada.
—Pará, pará… —dijo, retirándome—. Si seguís, acabo.
—Acabame en la boca, Juan —le susurré, mirándolo desde abajo—. Quiero saborear tu leche.
Se sonrió y me levantó. Me tiró de nuevo sobre la cama, esta vez boca abajo. Sentí el peso de su cuerpo sobre mí y el calor de su aliento en mi nuca.
—Primero, voy a coger tu culo —gimió en mi oreja—. Siempre supe que te gustaría.
Me abrió las nalgas y sentí el contacto húmedo y caliente de su lengua en mi culo. Un gemido escapó de mis labios y me sentí más puta que nunca. Me lamió, me humedeció, preparándome. Luego, sentí la presión de su dedo, entrando lentamente, dilatándome. El sueve dolor se mezcló con un placer prohibido y delicioso. Metió otro dedo, y me sentí abrirme, rendirme.
—Rompeme el culo, Juan, metémela toda —supliqué, mientas no dejaba de masturbarme.
Se colocó detrás de mí. Sentí la cabeza de su pija en mi entrada anal. Empujó, despacio al principio, y sentí cómo mi culo se abría para darle paso. La sensación era exquisita. Era la culminación de todo, la entrega total. Cuando estuvo adentro, se quedó quieto un momento, dejándome acostumbrar. Luego, empezó a moverse.
Primero, lento, profundo. Cada embestida era una afirmación, una reclamación del tiempo perdido. Sentía su cuerpo contra mi espalda, su aliento en mi cuello, mientras mi culo se adaptaba a su tamaño, dilatándose hasta que el dolor inicial se transformó en un placer puro y salvaje. Sus manos me agarraban de las caderas con una fuerza que me marcaba la piel, y yo solo podía gemir y pedir más. Para crear más presión, metí tres dedos míos en mi vagina y levanté bien el culo para que la penetración llegara bien hasta el fondo.
—Así, Juan, cogeme el culo bien fuerte… —grité, ahogada en la almohada—. Dámela toda… ¡Ay sí, cómo me gusta! dame toda tu pija…
Él obedeció. El ritmo se aceleró, convirtiéndose en una feroz cabalgata. La cama golpeaba la pared con un ritmo insistente, la banda sonora de nuestra redención. Su pija entraba y salía de mi ano, abriéndome, llenándome por completo. La doble estimulación fue demasiado para mí. Mi cuerpo se tensó, un segundo orgasmo, esta vez más profundo y visceral, sacudió mis entrañas. Grité su nombre mientras mi culo se contraía alrededor de su pija, aprisionándola.
—Me voy a acabar, Gloria… —gruñó él, con la voz rota—. Te voy a llenar…
—No, en mi boca —logré decir, girándome para mirarlo sobre mi hombro, con los ojos vidriosos de lujuria—. Acabame en la boca, Juan. Quiero tomar toda tu leche.
Con un gemido de frustración y deseo, se retiró de mí. Me giré sobre la espalda, jadeando, y me arrodillé al borde de la cama. Él se puso de pie frente a mí, con su pija roja, hinchada y brillando por los fluidos de mi culo. La tomé en mis manos y se la puse en la boca. Me llené la lengua del sabor de la cogida que tenía en esa pija toda babosa. Con una mano le agarré suavemente los huevos y lo miré a los ojos esperando que me descargue la leche en la boca. Me sostuvo la cabeza para clavarme la pija hasta la garganta y me dio unos cuantos bombazos mientras su cuerpo se ponía cada vez más rígido.
Sentí cómo su pija palpitaba en mi lengua y, de repente, el primer chorro de leche caliente golpeó mi paladar. Fue un lechazo potente, seguido de otro y otro. Me llenó la boca, y su sabor salado y masculino me embriagó. Mantuve su pija dentro hasta que sentí que se vaciaba por completo. Luego, me retiré lentamente, con los labios cerrados. Recorrí con mis dedos la pija desde los huevos hasta la cabeza para sacarle hasta la última gota que pudiera haber quedado en el camino, lamí cada vestigio de leche que había quedado a la vista y lo succioné como quien sorbe la última gota de su bebida favorita.
Lo miré a los ojos y, con una sonrisa pícara abrí la boca para que vea el fruto de su trabajo, moví la lengua arrastrando todo el semen que pude al borde de los labios, lo sorbía y lo volvía a mostrar, jugando tanto con mi pasión por la leche como por el placer que a él le provocaba verme jugar con el semen, luego lo tragué lentamente, sintiendo cómo pasaba por mi garganta. Pasé la lengua por mis labios para no perder ni una gota, me lamí los dedos, rescatando los últimos vestigios de leche y jugos que quedaban en ellos hasta que le dije —Veinte años de leche acumulada —. Valió la pena la espera.
Él se dejó caer junto a mí en la cama, sin aliento. Nos quedamos en silencio un largo rato, escuchando nuestros corazones recuperar el ritmo. El olor a sexo, el gusto a leche, el sudor y la satisfacción llenaba la habitación. La deuda estaba saldada. El recuerdo del baño del colegio ya no era un fantasma de torpeza, sino el prólogo de esta tarde de pura y absoluta entrega. Nos habíamos encontrado de nuevo, y esta vez, no dejamos nada pendiente.
