top of page
_MG_2929.JPG

Hola

En esta sección te vamos a contar historias de sexo, desde las antiguas prácticas hasta los rituales desconocidos en el mundo occidental. La variedad de experiencias sexuales que han dado las distintas culturas hace un combo perfecto para estuadiar, disfrutar y replicar.

Saber de la historia del sexo te hará sentir como un novato y verás qué poco hemos innovado en estos tiempos. Será hora de poner más imaginación a nuestras relaciones.

historia.PNG

(Imagen de la primera película porno argentina de 1907)

La pornografía suele definirse, de forma genérica, como el conjunto de materiales destinados a producir excitación sexual. Hay manifestaciones que se consideran pornográficas desde el Paleolítico nada menos, hace más de 30.000 años, y ya en época histórica tenemos documentos como el papiro erótico de Turín, que fue bautizado como “la primera revista porno para hombres de la historia”, hablamos del año 1150 a.C., del Antiguo Egipto. También en la Antigua Grecia y la Antigua Roma se produjo mucho material pornográfico, y en la India tenemos el famoso Kama-Sutra, que data posiblemente del siglo III o IV d.C, por nombrar algunos ejemplos. Aunque es cierto que algunas de esas manifestaciones antiguas podrían haber tenido fines diferentes al de estimular sexualmente, objetivos satíricos o educativos, por ejemplo, y eso hace que su caracterización como pornográficas pueda ser debatible. 

Históricamente, el porno ha evolucionado de la mano de los cambios tecnológicos y se ha movido habitualmente en la ilegalidad y en la clandestinidad. La invención de la imprenta en el siglo XV le dio un impulso grande a la circulación de libros y grabados de contenido erótico, pero fue la invención de la fotografía, en la primera mitad del siglo XIX y en un entorno económico ya capitalista, lo que empezó a poner en marcha una verdadera industria pornográfica basada en la explotación de mujeres en situaciones de vulnerabilidad. El negocio de las fotos eróticas empezó a ser súper rentable, siendo los compradores de ese material hombres ricos, porque a mediados del siglo XIX una sola foto de este tipo podía costar lo mismo que el salario semanal de un obrero. Desde mediados del siglo XIX, con el desarrollo de los procedimientos para copiar fotografías, el precio de estas fotos bajó y su consumo se extendió, pero sin dejar de ser algo elitista. Esta primera industria del porno utilizaba como modelos a mujeres jóvenes pobres, muchas veces mujeres que ya estaban siendo prostituidas. 

En 1895, los hermanos Lumière inventaron el cine. Y claro, el nuevo invento abrió posibilidades antes inimaginables para satisfacer los deseos sexuales de los varones. Las pelis eróticas hicieron acto de presencia de inmediato, la primera probablemente fue la francesa “El acostarse de la casada”, del año 1896. El cine pornográfico tardó algo más en desarrollarse: la primera peli porno como tal seguramente sea la argentina “El Sartorio”, del año 1907, aunque hay discusión a este respecto. En España, por cierto, prácticamente el primer promotor de cine porno fue el rey Alfonso XIII, que producía películas para su disfrute personal, definía las temáticas que quería y elegía él mismo a las protagonistas entre mujeres explotadas sexualmente en el barrio chino de Barcelona. Los Borbones, amigas, qué os voy a contar de los Borbones.

El porno seguía, de todas formas, siendo algo bastante elitista y apartado del espacio público. Y es que, como explica Mónica Alario en “Política sexual de la pornografía”, el porno tal y como lo conocemos hoy, como producto de consumo de masas, no apareció hasta las décadas de 1950 y 1960. Y el comienzo fue en los Estados Unidos. Este comienzo estuvo estrechamente vinculado a la llamada “revolución sexual”, que como dijo Kate Millett, para las mujeres fue más bien una contrarrevolución. Esta supuesta revolución sexual, que presumía de estar eliminando los tabús en torno al sexo, lo que en realidad sobre todo es presionar a las mujeres para someterse al modelo sexual que se normalizó e invadió todo, un modelo que impuso como únicos, los deseos de los varones, y que fue masivamente difundido a través, muy convenientemente, del porno. De hecho, fue en este contexto en el que, entre finales de los 60 y mediados de los 80, se desarrolló la llamada “Edad de Oro del Porno”. 

La pornografía, digamos, salió a la calle y se hizo “mainstream”: las revistas porno empezaron a colocarse tranquilamente en los escaparates de los kioskos, con mujeres cosificadas e hipersexualizadas en todas las portadas, al paso de niñas y niños, a los que se le estaba enseñando así que las mujeres son cosas, objetos, para satisfacer el deseo masculino. Proliferaron también los “peep shows” y los locales de striptease y el cine porno empezó a mover muchísimo dinero. Hasta el punto de que si en 1960 había unos veinte cines porno en los Estados Unidos, diez años después había ya 750. Además de que hubo cines normales que empezaron también a proyectar películas porno. Algunas de esas películas alcanzaron una repercusión gigantesca, como la tristemente famosa “Garganta profunda”, del año 1972. Como sabéis, su protagonista, Linda Lovelace, era obligada a grabar por su marido. 

La pornografía, con estos mimbres, por supuesto que se consolidó como un producto destinado al consumo masculino, que reproducía los ideales de dominación del hombre sobre la mujer y que daba rienda suelta a cualquier tipo de deseo sexual de los varones aprovechando ese nuevo clima de “libertad” sexual. El feminismo radical se dio cuenta rápido de que la “revolución sexual” era una trampa para las mujeres, de que estaba sirviendo como herramienta para que los varones pudieran disfrutar tranquilamente y sin juicios morales del sexo fuera del matrimonio, o teniendo parejas 20, 30 y 40 años más jóvenes, realizando prácticas sexuales que nos deshumanizan, etc. Y encima, haciendo pasar todo esto por algo “progre” y “transgresor”, como ha señalado Ana de Miguel. 

En los EEUU apareció un activismo feminista radical muy potente, primero contra la sexualización y la cosificación de las mujeres en los medios de comunicación en general, y luego contra la pornografía en particular. El grupo antipornografía más conocido fue el neoyorquino WAP, Women Against Pornography, que apareció a finales de los años 70 y funcionó hasta los 90. En él estuvieron mujeres como Susan Brownmiller o Gloria Steinem, por ejemplo. Una de las activistas antipornografía más relevantes del mundo fue Andrea Dworkin, que en 1981 publicó una de las grandes críticas feministas a la pornografía: “Pornography: Men Possesing Women”. No os sorprenderá si os digo que prácticamente nada de lo escrito por Dworkin, una de las abolicionistas más importantes de la historia de la lucha feminista, ha sido traducido al castellano, el idioma materno de 548 millones de personas, nada menos. 

Bien, pues estas activistas investigaron y expusieron la realidad del porno, organizaron manifestaciones e intentaron influir en el poder político para que aprobase leyes contra la pornografía. La publicación en 1980 de Ordeal, el libro de Linda Lovelace, la protagonista de “Garganta Profunda”, ayudó también mucho a exponer la explotación, el maltrato y la violencia que rodeaban a la industria del porno detrás de las cámaras. 

Sin embargo, y a pesar de la fuerza de los argumentos de las feministas, los varones de izquierdas corrieron a etiquetarlas como puritanas, mojigatas, monjas, derechistas y demás, intentando desacreditarlas, vinculándolas con el movimiento antipornografía ultraconservador, que obviamente tenía y tiene un enfoque y un propósito totalmente diferentes a los del feminismo. A los ataques contra el feminismo radical antipornografía se unieron también las llamadas feministas prosexo (sobre todo a partir de la década de 1990), básicamente colaboradoras del patriarcado, cuyo nombre daba a entender que las feministas estaban en contra del sexo. Y, es que, amigas, todo lo que ha conseguido el patriarcado a través de esa supuesta “revolución sexual”, fue posible también gracias a que se desarticuló cualquier crítica o argumentario de las mujeres al grito de monjas, mojigatas, puritanas y fachas. Nos suena esto, ¿verdad? que desde el supuesto progresismo y hasta de mujeres que se dicen feministas se censure y coarte a las mujeres feministas que enarbolan argumentos, y no necesitan, ni han necesitado nunca, siquiera la necesidad de rebatir nada, solo con un puñado de palabras se han bastado para invalidarlas y hasta deshumanizarlas. Y aquí podemos hablar de nuevo de Andrea Dworkin, que entre otras muchas, recibió un odio demoledor y constante durante toda su vida desde la izquierda y la derecha.

A mediados de los años 80, la pornografía dio otro giro importante, vinculado nuevamente a cambios tecnológicos. Se popularizó el vídeo doméstico y el porno salió de los cines y se encaminó por otro tipo de formatos, muchas veces de bajo coste. El cambio fundamental, en todo caso, llegó un poco más tarde, ya en la década de los 90 y sobre todo en los 2000, con Internet y la generalización de su uso a través de dispositivos que llevamos encima todo el día. Las bases, por así decirlo, del porno han seguido siendo las mismas: la cosificación y la deshumanización de las mujeres, la violencia, la misoginia y la normalización de prácticas sexuales dolorosas, humillantes y muy peligrosas que buscan excitar a los varones. La diferencia es que ahora el alcance del porno y la facilidad de acceder a él se han multiplicado. Así hemos llegado directamente a la “pornificación” de la cultura. Qué es esto de pornificación de la cultura: pues que los elementos del porno se han filtrado en todo tipo de manifestaciones culturales y discursos públicos, y ejercen así influencia en la sociedad. Campañas publicitarias, moda y tendencia en vestimentas, videoclips, letras de canciones, series y películas, cambios en la comunicación y comportamiento de la gente, mucho más sexualizado, redes sociales, etc.

Y hace tiempo ya que el porno se ha convertido en la educación sexual de los y las adolescentes, que acceden a él a edades cada vez más tempranas, como sabemos. Recordemos que, en España, la edad más temprana ha bajado a 8 años. Por lo tanto, el porno es ahora mismo una de las herramientas centrales para la reproducción de la violencia patriarcal, y ese es el motivo de que la lucha contra la pornografía esté volviendo a situarse en un lugar muy destacado de la agenda feminista.

bottom of page