Relato en primera persona. El poder de un beso.
- gardelhat

- 23 jul
- 4 min de lectura
Hoy, domingo, me puse a caminar por la avenida principal de mi barrio. Mientras observaba las vidrieras, caí en la cuenta de que todavía quedan algunos negocios de aquella época, 97/98. Fue justamente en esa década cuando nos presentaron aquella noche; un amor a primera vista, sin saber mucho de él, sin haber visto una foto, simplemente lanzándome a la aventura. Elegí lo mejor que encontré en mi placar, me maquillé, me perfumé y llegué a la discoteca con la ilusión de conocerlo. Solo sabía que era atractivo. Y, en efecto, lo era.
Nuestras miradas se cruzaron. Nos sostuvimos la vista por varios segundos. Él conversaba con una amiga mía, yo con otra. "Allá está. ¡Qué fuerte está!", comentó mi amiga. "¿Te gusta?". "Sí, es muy lindo", respondí.
Fui prudente y disimulé como si nada hubiera pasado, pero no podía dejar de observarlo. Entre la multitud de ese boliche, él destacaba por su estatura, su contextura física, su camisa, sus dientes perfectamente alineados —blancos potenciados por la luz artificial—. Hasta sus pestañas me gustaban; esa mirada me hipnotizaba. En fin, estaba hermoso, y no podíamos dejar de mirarnos.
Al rato, nos acercamos un poco más. Vino a saludar, se presentó y al instante me dijo: "Fulana me habló de vos, vine a conocerte". Me invitó a tomar algo y empezamos a charlar, algo prácticamente imposible en un boliche, pero ahí estábamos, pegados uno al otro. Él me susurraba vaya a saber qué cosas, intentando seguirle el hilo, hasta que sentí su mano en mi cintura. No era incomodidad, era la plena seguridad de que ese era el lugar donde quería estar. Observaba en detalle sus cejas, sus ojos, su boca, hasta que solté mi comentario más tonto: "Qué lindas pestañas tenes, bien arqueadas... qué mirada pícara". Yo me tengo que poner un kilo de rímel para tener las pestañas que tenés vos, jejejeje.
En fin, todo era un diálogo muy fluido y cercano. Hasta que llegó ese beso y abrazo deseado. Salimos de la mano, tomamos el colectivo 12 y bajamos en la misma avenida por la que hoy me puse a caminar.

Era de noche, casi las 5 de la mañana. Caminamos unos metros y, sin muchas palabras, nuestros labios se conectaron en un beso profundo y duradero. Larguísimo. Lejos de soltarnos, cada vez nos uníamos más. Todo era sutil, suave, amoroso y tierno. El tiempo pasaba, hasta que amaneció. El sol me daba en la cara. Ambos trasnochados, yo con ganas de dormir, seguramente él también, pero no me dejaba avanzar. Yo ya quería irme; estaba completamente empapada por esa extrema calentura, potenciada por las hormonas de aquella pubertad, sabiendo perfectamente que, al menos ese día, la aventura no pasaría de esos besos.
"Qué necesidad, estoy que no doy más y no te puedo llevar a casa, están mis viejos", le decía. Él estaba en la misma situación.
Me abrazaba con toda la seguridad de que ese era el inicio de algo lindo. Yo también lo abracé, aunque más consciente de mi sueño, haciendo un espectáculo de explosión hormonal, de dos seres "conectando" a través de esos infinitos besos. Refugiados en distintos puntos de esa extensa y famosa avenida de mi querido barrio.
Me acompañó hasta casa, abrazados y sonrientes como recién casados. Me contaba detalles de su vida, yo lo escuchaba, hasta que notamos que no teníamos nada para anotar. Él había conservado el boleto de ese colectivo 12, pero ¿de dónde sacábamos una birome para anotar el número de teléfono? Lo memorizó, comenzaba con 362...
Llegamos. Vivo justo en frente. Él quería que yo memorizara el suyo. "No te hagas tanto lío", le decía, "fulana tiene mi número, cualquier cosa le preguntas".
"No, no le quiero preguntar. Me lo quiero acordar".
Y se volvió a su casa, en otro barrio algo distanciado, memorizando mi número de línea y dirección.
Abrí la puerta de casa lo más silenciosa posible para que el perro no me delatara con el horario de llegada. Luego, en mi dormitorio, abrí la cama y me dormí enseguida. Estaba totalmente húmeda. Sus besos ocupaban casi la totalidad de mis pensamientos. El sueño me venció y palmé; creo que hasta lo soñé.
Entre sueños escuché el agudo pitido de ese teléfono de Telefónica. Atendió mi vieja. Me imaginé que era él... Pero seguí durmiendo. Cerca del mediodía me levanté, con hambre. "Así que tenes novio", me dice mi vieja. Jejeje, qué exagerado. "Lo conocí anoche. Bueno, llamó para dejar su número y presentarse. Parece que tiene buenas intenciones".
Ese vínculo duró un tiempo, creo que un año. Primer amor, primer garche.
Cada vez que mencionaban su nombre, yo flotaba. Mi viejo me vio tan feliz que fue y compró una cámara Minolta de rollo para que me sacara fotos con él. Un día nos fuimos a la Reserva Ecológica y salió un book. Fuimos modelo el uno del otro, y también nos sacamos varias fotos juntos. Después fui al lugar de revelado y esperé unos días para verlas. Hermoso recuerdo que aún conservo. Hoy, él es fotógrafo profesional.
Varias décadas pasaron. Sin embargo, ese beso en particular fue, quizás, uno de los más intensos de mi existencia. Durante muchos años lo recordé para "entrar en calor" en algunas ocasiones.
Porque hay besos que son simples anécdotas y otros que son geografía. Besos que te dibujan un mapa en la piel y te cambian la latitud del corazón. El de aquella noche, bajo la luz artificial de la discoteca y luego a primera luz del día, fue el territorio de mi primer amor, el que me hizo entender que un beso no es solo un beso, sino el comienzo de un posible viaje. Hoy, décadas después, esta avenida sigue siendo el mismo mapa, pero yo ya no soy la misma viajera. Sin embargo, el recuerdo de ese beso sigue siendo mi lugar favorito en el mapa de la memoria.


Mira mis post / estados en
Seguí explorando el sitio, tiene mucho contenido entretenido, para mirar e imaginar.
Besos
Gloria Parque.

Comentarios